martes, 1 de febrero de 2011

Los negacionistas del estalinismo


En sus años de gloria el estalinismo llegó a encarnar las ilusiones del ideal comunista. Medio siglo más tarde todo ha quedado reducido a cenizas. Pero todavía quedan restos que tratan de argumentar. Sobre ellos va este y un siguiente trabajo.

Me gustaría llamar la atención de los lectores sobre una nota publicado en la Web del PCE (M-L), un partido que, pro cierto, conoció mejores tiempos desde que fue fundado a mediados los años sesenta. Se titula, Historia sin anteojeras, y está firmado por Carlos Hermida, aunque no sabría decir de cuando es. Comienza diciendo que entre "los peores defectos de la llamada historiografía militante" o sea "la historia escrita desde posiciones estrictamente ideológicas y políticas", de la que él, por supuesto se excluye de antemano, no faltaba más...Pues bien, esta historia asume "la defensa a ultranza de afirmaciones y postulados al margen de cualquier comprobación empírica y documental". De esta manera en vez de construir historia propiamente dicha, crea "mitos y leyendas" que "se perpetúan a lo largo del tiempo". Se consolidan como "dogmas religiosos", y por lo cual deben "defendidos frente a peligrosos herejes", que es, cabe suponer por lógica, donde se sitúa el tal Hermida cuya obra desconozco.


Sin duda el mayor ejemplo de "este encastillamiento doctrinal" radica en la historiografía anarquista y trotskista" sobre Stalin, cuyo apego al citado "cliché" parece unificarlos. Es más: "se ha mantenido sin variaciones hasta la actualidad". Su principal característica es que cuenta "con la inestimable ayuda de historiadores, periodistas y medios de comunicación burgueses". Llegados aquí, el "encasillamiento" dictamina que Stalin es pura y simplemente "una especie de zar rojo sediento de sangre". Todo se reduce al siguiente esquema: "Stalin traiciona el legado de Lenin y la revolución de Octubre, conduce a la clase obrera a continuas derrotas, ordena represiones masivas contra el partido bolchevique, protege a la nueva casta burocrática que se ha adueñado de la Unión Soviética y comete el imperdonable crimen de firmar el Pacto germano-soviético en agosto de 1939". Como semejante simpleza no merece mayor atención, Hermida ofrece una muestra de esa ironía tan generalizada. Sólo falta que a Stalin se le culpe de la muerte de Manolete", otro habría dicho aquello de matar también a Kennedy. Los lectores que repasen las páginas en las que se trata de subestimar los crímenes de hitler o Stalin, encontraran ironías similares.

¿Cómo es que dos corrientes políticas tan minorizadas después de la IIª Guerra Mundial logran imponer semejante estereotipo sobre el líder incuestionable de medio mundo?. La explicación es muy sencilla, lean: "La Guerra Fría contribuyó a fijar un modelo interpretativo de Stalin no sólo falso, sino inservible para analizar la complejidad política, social y económica de ese período que conocemos como estalinismo (1929-1953)", de lo que se deduce que éste modelo no fue el otro que el patrocinado por anarquistas y trotskistas. Todo esto es tan obvio y tan evidente que Hermida hace un cambio de tercio, y afirma con la seguridad de quien sabe de lo que habla: "...la apertura parcial de los archivos soviéticos está proporcionando nuevos datos -y proporcionará más en el futuro-- que van a obligar a los historiadores a realizar una revisión en profundidad de la figura de Stalin". Lo de "proporcionará más en el futuro" debe ser un golpe terrible para la historia militante escrita con anteojeras. El tiempo y la investigación pues confirmarán que dicho modelo estaba equivocado. Lo dice él...

Después de aventurarse en semejante afirmación -que parece propia de alguien que ya conoce lo que van a dar de sí los archivos-, Hermida hace otro cambio de tercio para escribir que el tiempo de Stalin, como cualquier otro período histórico "nunca puede darse por cerrado", lo que no impide dar un cierto veredicto. Por ejemplo, que la mayoría de los veteranos del partido bolchevique fueron exterminados. Claro que esto podrá siempre matizarse con "el análisis de nuevas fuentes documentales, aunque es más dudoso que sea por "el desarrollo de novedosos enfoques interpretativos". No parece que ninguna novedad metódica pueda cambiar por ejemplo el veredicto del genocidio de la población nativa en los Estados Unidos por los colonizadores o la "Shoah". Mucho método tendría que ser ese...Pero puestos a decir generalidades, Hermida remata la faena con otra: "Un historiador que ignore los hechos objetivos para seguir manteniendo modelos que encajen con sus prejuicios ideológicos, deja de ser historiador para convertirse (...), en un panfletista al estilo de Pío Moa y César Vidal", o sea en dos negacionistas (del "gran terror" franquista) que anteponen sus fidelidades a la verdad objetiva, incuestionable más allá de las nuevas aportaciones o reflexiones metódicas como las esgrimidas por los "revisionistas" germanos como Nolte.

Desde su atalaya "objetiva", Hermida ni tan siquiera se digna a descender a los hechos. Simplemente adelanta su "opinión" según la cual "buena parte de las afirmaciones y juicios realizados sobre Stalin adolecen de rigor científico por carecer de soporte documental y haber sido emitidos desde posiciones ferozmente anticomunistas", pero tampoco aquí se atreve a precisar. No sabemos a que autor se refiere, y hace tiempo que parece haberse olvidado de los anarquistas y los trotskistas. Vuelve a negar: "En ocasiones, se trata simple y llanamente de burdas mentiras, sin olvidar la ocultación o la omisión de determinados hechos". Sin embargo, hay algo que podemos constatar: Hermida ignora que existieron varias historias oficiales del PCUS. En ella se afirma fueron unos "falsarios" que "degeneran en una banda de asesinos y espías guardias blancos" (Cap. XI, apartado. 4, Emiliano Escolar editor, Madrid, 1976). El trasfondo de semejantes palabras no fueron tal o cual debate, sino sencillamente el exterminio con tanta vehemencia que hasta se trató de exportar a la Españas, aunque aquí no pudo ser igual que en Moscú.

Nuestro analista regresa después a la "represión de los años 1936-1938", período selecto para "la historiografía trotskista y antiestalinista en general". Se refiere a estos pero a la hora de citar ejemplos se limita a un "sovietólogo" Robert Conquest, al que me he referido más ampliamente en un artículo sobre el libro de Martin Amis (1). Ya en los años cincuenta, Isaac Deutscher -que fue tratado como anticomunista por los estalinistas, y viceversa-, denunciaba el oficio de los "sovietólogos" por su abusiva tendencia a "amputar" a la revolución el estalinismo, y reducir al estalinismo solamente a su parte oscura. Hermida también se apunta a la moda de negar o relativizar las informaciones anteriores. Sobre este extremo son muy jugosas las notas de Moshe Lewin (2), el autor de El último combate de Lenin. Los archivos por supuesto han ampliado los datos, y ha obligado a precisar, pero lo que se ha abierto hasta ahora no niegan en lo más mínimo la existencia de un "gran terror". Antes existían los numerosos testimonios de las víctimas, se tuvieron acceso a importantes archivos como los de Smolenks, etc.

Más que anteojeras, lo que lleva Hermida son gafas tiznadas de negro. Lo demuestra al atreverse a citar las investigaciones de autores como J. Arch Getty y Oleg V. Naumov , que han trabajado con los fondos documentales del Archivo Estatal de la Federación de Rusia, del Centro Ruso de Conservación y Estudio de la Historia Reciente y del Depósito Central de Documentación Reciente, y del historiador Víctor Zemskov. Su principal trabajo está editado aquí, y el lector lo puede consultar. No niegan el "gran terror", todo lo contrario, lo desentrañan (3). Lo que sí hace es cuestionar el "canon Soljenitsin" asumido por sectores de nuestros intelectuales (César Antonio Molina es un buen ejemplo), canon que responde mucho más a la historiografía criticada por Hermida pro abusivo. Arch Getty-Naumov precisan una cronología estricta (1932-1939) de lo que llaman "la autodestrucción de los bolcheviques", mientras que el canon llega hasta 1917, se extiende hasta el final, y por supuesto sustrae circunstancias como la "Gran Guerra", la guerra civil, el cerco internacional...También establecen un dibujo muy completo de las víctimas, y establecen que en su mayoría fueron bolcheviques que en un momento u otro de su biografía tomaron partido por tal o cual oposición interna. Distinguen entre la represión y otra clase de víctimas, en oposición al canon Soljenitsin reproducido por el infecto "Libro Negro" que amputa a los bolcheviques toda clase de calamidades.

Lo mismo sucede con los trabajos de Robert Service o con los de los hermanos Medvedev. Unos y otros abundan en la historia criminal del estalinismo, pero se niegan a reducir el "comunismo" al estalinismo y éste solamente con su dimensión criminal. Precisamente, por haberse negado rotundamente a dicha asimilación (ver mi artículo), el trotskismo fue tildado muchas veces como "simétrico" del estalinismo o como "un estalinismo al revés" incluso por consejistas y anarquistas.

Cita autores que no lee para concluir con los últimos estalinistas tan descabellados como Ludo Martens o Grover (se olvida del insigne Egido), y lo hace igualmente autores estalinistas de los años treinta como Furr, lo cual además demuestra una gran desconocimiento de toda la literatura de exaltación estalinista de la época. Aunque penándolo mejor es posible que no se atreva a citarla porque la mayor parte de sus autores, sobre todo si gozaron en su día de algún prestigio, acabaron cambiando de opinión. Éste fue el caso de nuestro José Bergamin que manchó su biografía prologando el libelo, Espionaje en España (4), auspiciado por los agentes estalinistas como cobertura a la campaña contra Nin y el POUM, y sobre el cual nunca más quiso volver a hablar. En un supremo ejercicio de coherencia, Hermida no se olvida de reseñar Misión en Moscú, obra escrita por Joseph Davis, embajador de Rooselvelt en la URSS, sobre el cual Michael Curtiz realizó una adaptación cinematográfica...Es difícil encontrar un testimonio más superficial, sobre todo cuando hubieron muchos otros. Por ejemplo, Togliatti escribió numerosos artículos de fe, y luego trató de neutralizar el Informe de Jruschev, pero lo tuvo que aceptar, y como era muy inteligente se puso en la primera fila de la "desestalinización". Una complicidad que ha pesado como una loza de plomo en la evolución final del PCI,.

Aunque Hermida no "niega" que hubieran luces y sombras, incluso algunos de sus amigos llegan a la pirueta de atribuir a Stalin proyectos "democratizadores" al que critican por haber "subvalorado" el cercamiento e la burocracia que, et voila, surgió de imprevisto con el "revisionismo" de Jruschev ya que nos vienen a decir que todo su debió a una suerte de contaminación ideológica, por supuesto la de los malos. Después de haber pasado de puntillas sobre la historia y de permitirse unos pequeños reparos, Hermida se duele de que "organizaciones presuntamente revolucionarias o simplemente de izquierdas coincidan plenamente con las posiciones de la burguesía en esta cuestión y reproduzcan las mismas mentiras y las mismas tergiversaciones". Se olvida de señalar de que no son algunas organizaciones: es el conjunto de la izquierda sin excepción. Ya no quedan como antaño corrientes que pretendían situarse al margen o tendían a justificar el estalinismo como objetivamente inevitable (la socialdemocracia sobre todo, que no hicieron frente a los "procesos de Moscú"). Aunque todavía subsisten sectores tradicionales en los partidos comunistas que persisten en su idealización -no hay más que leer el último libro de Carrillo sobre el comunismo- del pasado, la verdad es que el problema con la mayoría de sus cuadros es que se balancean hacia el sentido opuesto, o sea que comienzan con Stalin para acabar haciendo una enmienda a la totalidad del comunismo que se lleva por delante todo el historial comunista.

Son los restos del estalinismo. Nada tienen que ver con los poderosos partidos comunistas de la "guerra fría" cuando o estabas con ellos o contra ellos. Tampoco con los influyentes grupos maoístas de los sesenta-setenta. Los pocos cuadros que les quedan lideran unas agrupaciones de jóvenes que actúan con la capacidad teórica de los "Ultra-Sur", como "hooligans" del equipo de fútbol de turno. Su característica primordial es la afirmación mediante el rechazo. Cuando tropiezan con un artículo sobre los crímenes de Stalin, y los desastres provocados por el estalinismo, en vez de escribir una réplica detallada y argumentada, reaccionan con una sarta de insultos y descalificaciones que abarca no solamente al autor y a la escuela sino también al mensajero. La conspiración judeo-masónica llega hasta una página como Kaos, precisamente una página que publica a todos los colores de todas las izquierdas del PSOE y de IU-IC institucionalizados. Escuelas y colores que disputan muchas veces entre sí, pero con un amplio grado de respeto y de reconocimiento. El estalinismo no dialoga, insulta, condena, brama, y exalta el piolet contra el pensamiento crítico.

Los estalinistas podrían aplicar su furia contra la historia "partidista" a todas editoriales, periódicos y revistas de izquierdas. Su aislamiento es total y absoluto, y no les vale decir que eso es lo que dice la derecha. Por supuesto, la derecha no desaprovecha las armas que le facilita, y lo aplican contra toda la izquierda que se les opone. No faltaría más. Pero no tendrían ni una décima parte de la credibilidad que han llegado a tener si todo fuese una mera mentira. La calumnia fue desde siempre uno de sus ejercicios más socorrido, pero este es un ejercicio que les serviría de poco si lo que dicen sobre el estalinismo no tuviera detrás una trágica realidad sobre la cual los Hermida no quieren saber nada. Prefieren insultar a los que tratan de separar el niño de las aguas sucias. Nada demuestra mejor esta carencia que el tono lumpen y futbolero de los muchachos a los que los estalinistas más sombríos logran educar en la fe de un dios que antes de ser derrotado había caído en el más absoluto desprestigio. Nunca una descomposición ha sido tan acelerada y tan claramente acompañada de la ruina cultural y moral del "pensamiento" que la había orientado.

Las izquierdas no podrán volver a levantar cabeza sino se libera del estalinismo y de sus métodos.

Seguirá...

Notas

1) El lector encontrará exponentes abrumadores de denuncia del estalinismo en cualquier página o revista de izquierdas. En Kaos la lista es tan abrumadora como en cualquier otro lugar que no sea el de los guardianes de la ortodoxia. Por mi parte he publicado un buen número de trabajos sobre el tema, entre los cuales puede encontrar el dedicado a la obra de Martin Amis sobre Stalin con referencias a su principal fuente, el citado Robert Conquest. Aún estoy por ver algún trabajo mínimamente elaborado de los negacionistas. De hecho este de Hermida es uno de los pocos que -cuanto menos- tratan de hilar argumentos.

2) En el prólogo de su obra El siglo soviético (Ed. Crítica, Barcelona, 2006), Lewin hace un ponderado ajuste de cuentas sobre los "sovietólogos" que trataban de medir la historia soviética como una mera reafirmación del "mundo libre", y satiriza un poco a los que tratan de atribuir a la apertura de los archivos la idea de que la historia no tuviese créditos suficientes. Tanto su obra como las que se han publicado en los últimos años, amplia la base datos y por lo tanto precisa mucho más lo que ya antes se conocía. Ni un millón de Hermidas podrán objetar datos falsos o falseados en obras como las de Isaac Deutscher, E. H. Carr, Pierre Broué. Marcel Liebman, Stephen Cohen, y otros. Otra cosa son los enfoques, pero eso es lo que ocurre con todas las historias.

3) Leo simplemente las primeras líneas de la contraportada de La lógica del terror (Crítica, Barcelona, 2001): " De 1932 a 1939 el terror causó millones de víctimas en la Unión Soviética". De su investigación se deduce "una visión distinta en que el terror se nos aparece como un resultado de locura colectiva en que la gente denunciaba a sus jefes, a sus subordinados o a sus camaradas y que condujo finalmente a `una guerra paranoica de todos contra todos" que acabó destruyendo al propio grupo dirigente bolchevique". Sobre esto se puede polemizar en el detalle, por ejemplo en n concepto -bolchevique- que ya significaba otra cosa, pero en absoluto sobre "la lógica del terror" desencadenado por Stalin.

4) La editorial Renacimiento prepara una reedición de este libelo estalinista firmado por un tal Max Rieger donde algunos (Pisón, Trapiello) creen ver la figura del asturiano Wenceslao Roces. El lector puede consultar la Web de la fundación de este nombre, y comprobar que la admiración hacia las aportaciones de este viejo comunista han quedado terriblemente afectadas por su dimensión estaliniana.


SEGUNDA PARTE



Por supuesto, con todo lo que llegó a significar hasta hace poco, con el grado de implicación y de buena fe de miles de militantes, se puede entender que todavía subsista al menos parcialmente. También se puede entender que, como reacción al retroceso civilizatorio que ha comportado la descomposición de la URSS y del "socialismo real", que surjan voces a la contra como la de Alexandre Zinóviev, o declaraciones provocadoras como la Sizek. No son muy diferentes a la anécdota de mi amigo anarquista al que me encontré a la salida de un programa radiofónico en el que se las tuvo contra una jauría anticomunista. Mientras me lo contaba, me miró con sorna y me comentó: "Chico, que gentuza. Hasta he tenido que defender a Stalin". Claro, quiera que no Stalin "representó" lo que quedaba de la revolución de Octubre, y no se le podía juzgar a la manera de Arias Salgado, aquel ministro de Franco que aseguraba que Stalin se las veía con el diablo en una cueva de Georgia. Con las patas del diablo está descrito en una película rusa reciente,

Y es que el antiestalinismo es todo lo contrario del anticomunismo. Analiza el estalinismo como un fenómeno histórico ambivalente, de alguna manera como diferencia el cristianismo auténtico del Vaticano, la democracia del neoliberalismo, la socialdemocracia clásica de lo que pudieron llegar a ser Craxi o Felipe González. Distingue fases diferentes, establece una cronología de ascenso y decadencia, contrasta las diferencias entre el aparato en el poder y los militantes que luchan por sus ideales bajo el capitalismo, entre unos dirigentes abocados a la lógica sustitutoria y una base militante por lo general auténtica y abnegada...No lo sitúa como una derivación evolutiva ni del marxismo ni del leninismo, por más que determinados aspectos de las concepciones bolcheviques pudieron influir en su conformación inicial. Lo explica en un contexto: un país atrasado, arruinado por una guerra mundial, una crisis social, una guerra civil, y el aislamiento...Por el peso de la vieja sociedad, estatalmente mucho más "culta", la presión internacional del capitalismo más avanzado... Tampoco se olvidan los desastres humanitarios que ha conllevado el capitalismo, desde las colonizaciones hasta las guerras, sobre todo las mundiales. Nada pues que ver con unas anteojeras esquemáticas y "anticomunistas".

Por otro lado, estos análisis se han llevado en una controversia incesante con socialdemócratas, anarquistas y/o consejistas que hablaron de un "fascismo rojo", así como con todas y cada una de otras corrientes menores, pero que tuvieron una importancia en coyunturas históricas muy determinadas. Durante décadas, dichas controversias apenas si fueron posible. Los partidos comunistas gozaban de una autoridad muy fuerte, sobre todo entre los sectores más combativos del movimiento obrero, y las críticas "al partido" eran registradas como munición para la reacción. Compañeros y compañeras que te conocían de casi toda la vida te decían que al final de mes pasaras a "recoger tu salario de la CIA", o que "en vez de estar allí poniendo palos en las ruedas, pues mejor que colocaras directamente como número de la guardia civil que ahora había una lista abierta"...Livio Maitan me contaba que Togliatti mismo le contó que se le habían presentado unos voluntarios para matarlo mientras su fracción trabajaba en el seno del PCI. En el "blog" de uno de mis artículos sobre nin aparece el testimonio de un antiguo militante del PSUC que recordaba algo pareado de a principios de los años setenta, en presencia de Gregorio López Raimundo; afortunadamente al menos estas cosas habían cambiado con el "revisionismo" de Jruschev.

El propio PSUC daba un paso muy importante cuando se puso en contra de la invasión militar de Checoslovaquia en agosto de 1968, hace cuarenta años.

Hacía tiempo que el viejo andamiaje estalinista había entrado en abierta crisis, la misma palabra "estalinista" era ya considerada como un insulto incluso en las filas comunistas oficiales...Eso sí, seguían permaneciendo reductos que parcial o íntegramente, trataban de justificar el estalinismo, o lo que más difícil, creer que después del naufrago se pueden hacer valer los mismos esquemas: un "socialismo" basado en el partido único, en la policía, la exclusión de cualquier disidencia, y en la capacidad ideológica de una doctrina marxista-leninista como un escolástica con la que se puede justificar no importa qué. Entrábamos en una situación que presentaba las siguientes características:

a. La existencia de una crisis no puede hacernos olvidar su importancia histórica fue enorme, sobre todo en los años cuarenta y cincuenta. Incluso en los sesenta-setenta conoció una nuevo auge juvenil-estudiantil al calor de la llamada "gran revolución cultural proletaria", y en los que el "faro" del socialismo y del marxismo-leninismo pasó desde la URSS hasta China. En este tiempo, todas las disidencias comunistas desde las inspiradas por Rosa Luxemburgo hasta las consejistas, trotskistas, etcétera, en el mejor de los casos fueron tratadas como secuelas de un pasado histórico ya superado. En el peor como bandas de asesinos espía blancos y otras lindezas por el estilo según estaba prescrito en la canónica historia del PC (bolchevique) de la URSS, redactado bajo la supervisión del camarada Stalin; de hecho, tal como se desprende del propio texto, toda "rebaja" de esta caracterización supone una "traición" al legado estalinista, algo que algunos pagaron muy caro. Por aquel entonces, se puede decir que el capital político y social que representaba el estalinismo era incalculable.

b. En este período que sigue a la II Guerra Mundial se dan acontecimientos tan determinantes como la victoria contra las potencias del Eje, la extensión del modelo soviético a la Europa del Este, la culminación de la revolución china, la extraordinaria extensión del movimiento comunista internacional, con la consiguiente adhesión de amplios sectores de intelectuales, etcétera. En países como España, Grecia o Portugal, los partidos comunistas hegemonizaban la resistencia contra las dictaduras casadas con el "mundo libre"; era el tiempo en que Sartre decía aquello que no había que hablar de los campos de concentración para no desanimar Regie-Billancourt, o sea la empresa "baluarte" del movimiento obrero y en la que mayo del 68 ofreció un magnífico retrato: los obreros la ocuparon, pero los estalinistas no permitieron el menor debate.

c. El estalinismo se recreó en unos esquemas mentales, morales y psicológicas calcados de las tradiciones religiosas integristas. No era la primera ve que bajo apariencias antirreligiosas se reproducían estas: la URSS (o China) eran equiparables a la Tierra Santa o Prometida (o el "faro" que ilumina el mundo), el Líder o "padre de los pueblos" adquiría caracteres de inhabilidad, el partido se constituía como un lugar en el que se establecía una rotunda división del trabajo. De una parte la dirección, en el centro de la cual reinaba el secretario general con poderes absolutos. Dentro del partido se cultivaba la solidaridad y la camaradería, fuera quedaban los demonios familiares, en especial el trotskismo, aunque en la mayoría de las ocasiones los acusados ni tan siquiera sabían que significa o incluso habían sido antes furibundos antitrotskistas.

En un artículo de Kaos sobre José del Barrio, y en otros (Herejes y renegados), he tratado someramente el caso de André Marty. Los ejemplos son muy abundantes, el estalinismo comportaba una paranoia generalizada que convertía cualquier discrepancia en una disidencia y ésta en una traición; no hace mucho que todavía los camaradas de L´Espai Marx que abandonaron el PCC fueron abucheados por sectores de la base y del aparato de este partido. Livio Maitan contaba que en la época en que la sección italiana hacía "entrismo" (consentido), unos comunistas veteranos se brindaron a Togliatti (él mismo se lo contó) para eliminar a algunos, y en un testimonio inserto en uno de mis artículos sobre Nin, un militante destacado del PSUC cuenta que a principios de los años setenta asistió a una reunión donde se planteó una propuesta parecida delante de Gregorio López Raimundo. En mi libro sobre Joan Rodríguez, Elogio de la militancia, reproduzco su anécdota de la compra y quema del libro Los crímenes de Stalin en medio de una célula obrera enardecida.

No hay que decir que todo esto ha quedado reducido a ruinas, y lo que es peor, se ha descompuesto sin que sus defensores puedan registrar una pequeña huelga obrera que defendiera aquel socialismo tan maravilloso al parecer miserablemente traicionado desde dentro, de la misma manera que en la impresionante película de Donald Siegel, La invasión de los ladrones de cuerpos, las singulares vainas extraterrestres vaciaban la humanidad de las personas para ocupar sus cuerpos. En un principio, estos creyentes pensaron que todo era debido a una traición "revisionista" o a un malentendido.

Recuerdo sobre este punto lo que me contaron al principio de los años ochenta sobre unos comunistas catalanes prosoviéticos que acababan de separarse del PSUC, y que estaban convencidos de que los obreros polacos nos estaban bien informados. Ni cortos ni perezosos se cogieron las vacaciones de 1981 para plantarse en los centros fabriles para conectar con ellos, y explicarles el verdadero contenido del socialismo, el mensaje de Lenin entendió correctamente, etc. Tuvieron que salir por piernas porque los confundieron con provocadores de la policía que habían actuado antes de forma parecida...Evidentemente, estos compañeros ignoraban totalmente que Stalin se había "cargado" al partido comunista del exilio casi al completo en la mitad de los años treinta porque los tenían como sospechoso de "luxemburguismo" (1). Desconocían que hasta mediado los años cincuenta, la clase obrera confió en que podía ser posible una alternativa desde dentro como la que -en un principio- representó Gomoulka, pero luego todo se acabó. En las décadas siguientes la burocracia reprimió ferozmente cualquier tipo de oposición interna sobre todo si ofrecía argumentos socialistas. Por supuesto cualquier huelga ya que siendo Polonia un "Estado obrero" los obreros no podían hacer huelga contra su propio Estado (2).

A finales de los ochenta, el final del "Estado obrero" fue sentido como una liberación total. Otra cosa es que en un principio, los trabajadores organizados en Solidarnosk dieron apoyo a un programa "socialista autogestionario", y que luego creyeron que cuanto menos tendrían un "Estado social" como lo tenían en Europa, y al final se quedaron con dos palmos de narices, vilmente engañados en medio de un curso histórico marcado por una reacción generalizada contra el "socialismo realmente existente". El desconcierto fue total en el Este, y lo que sucedió no se puede explicar por absurdas teorías por versiones de izquierdas de la conspiración "judeo-masónica". Semejante teoría puede conformar a los simples, pero no se sostiene mejor que en sus versiones derechistas.

Dicha "conspiración" siempre existió. Desde antes de que los bolcheviques asaltaran el Palacio de Invierno existió una campaña contra ellos, y sus ejemplos llegan hasta este país: toda la prensa española de 1917 informa de la revolución como si se tratara de un desastre total, fruto por supuesto de una "conspiración" y el papel destacado de los judíos resultó debidamente subrayado. Dicha campaña nunca fue tan potente como en medio de la guerra civil rusa, y sin embargo...Si la feroz "propaganda" anticomunista no fue capaz de neutralizar la revolución, y la consiguiente irrupción del movimiento comunista internacional, difícilmente podría desmontar todo el "socialismo real", potenciar revoluciones que se justificaban por la defensa de las libertades democráticas (totalmente inexistente), desviar el curso social de países como China hacia el capitalismo, desmantelar buena parte del movimiento comunista internacional, causar la súbita desaparición de importantes grupos maoístas como los que tuvimos aquí. Tercero, sí las campaña de calumnias tuviesen tanta capacidad, movimientos tan enormemente calumniados como el anarquista no habría llegado a existir ya en el siglo XX...

Como ha sucedido siempre a lo largo de la historia, las grandes sociedades (y la "socialista real" guste o no lo fue indudablemente), no se descomponen por los embates del enemigo exterior. Es más, en muchos casos, la presión del enemigo exterior puede actuar en un sentido contrario, o sea reforzando el consenso. El ejemplo de Cuba es, con todas las matizaciones necesarias, bastante ejemplar. Su curso revolucionario fue, por decirlo de alguna manera, mixto. Tenía una parte viva y auténtica, la de la propia revolución, y otra más impostada, la derivada de la relación con la URSS. Cuando la URSS se descompuso, la derecha mundial comenzó a contar hacia atrás. Nueve, ocho, siete...Tenían a su favor la propia debilidad de la isla, a un tiro de piedra de la mayor y más hostil potencia mundial, amén de sus propias dificultades internas que no eran ni son pocas. Y sin embargo, ahí está en una nueva fase histórica ligada al avance de la experiencia venezolana y de las luchas contra el neoliberalismo. La moraleja está clara, y hay que estar ciego para no verla.

Otra cosa muy distinta es que las alternativas han sido peores, por supuesto. De entrada porque ha dejado al imperialismo norteamericano sin oposición, y el capitalismo se ha crecido en todos los terrenos. Sus consecuencias son conocidas: crisis del movimiento nacional-antiimperialista (Sudáfrica sería el mejor ejemplo), evolución de la socialdemocracia hacia el social-liberalismo, desestructuración de la clase obrera tradicional, ofensiva contra las conquistas del "Estado social", apogeo del consumismo, el individualismo, y el fundamentalismo, desintegración y/o derechización de los partidos comunista, y un largo etcétera que permitió proclamar la supremacía de un "pensamiento único" según el cual no existía ninguna alternativa a la democracia del libre mercado ...

Resulta abracadante que delante de todo estos cataclismos, las sectas estalinistas todavía persistan en las viejas leyendas de la Meca Moscú, el marxismo-leninismo auténtico como una doctrina ya codificada para siempre, en la exaltación del camarada Stalin y todo lo demás. Desde esa atalaya fundamentalismo la fe es el último recurso. Están obligados a creer en los que les queda, en el grupo de afines, en las historias míticas consoladoras, y en un demonio que concentre todas sus fobias, que les permita explicar como todo aquello se les cayó encima. Que lo que antes era el Everest ahora es un reducto de fieles (a veces muy jóvenes) hostilizados por todas partes. Grupos incapaces de construir movimientos, pero lo suficientemente aguerridos como para desactivar algunos de los que se han creado y en Madrid abundan los ejemplos. Todo por sus afanes de "hegemonizar" las entidades o grupos en los que intentan reproducir sus esquemas uniformistas....

Son los restos del estalinismo. Nada tienen que ver con los poderosos partidos comunistas de la "guerra fría" cuando o estabas con ellos o contra ellos. Tampoco con los influyentes grupos maoístas de los sesenta-setenta. Los pocos cuadros que les quedan lideran unas agrupaciones de jóvenes que actúan con la capacidad teórica de los "Ultra-Sur", como "hooligans" del equipo de fútbol de turno. Su característica primordial es la afirmación mediante el rechazo. Cuando tropiezan con un artículo sobre los crímenes de Stalin, y los desastres provocados por el estalinismo, en vez de escribir una réplica detallada y argumentada, reaccionan con una sarta de insultos y descalificaciones que abarca no solamente al autor y a la escuela sino también al mensajero. La conspiración judeo-masónica llega hasta una página como Kaos que publica a todos los colores a la izquierda del PSOE y de IU-IC. Escuelas y colores que disputan muchas veces entre sí, pero con un amplio grado de respeto y de reconocimiento. Esta misma furia la podrían aplicar a todas editoriales, periódicos y revistas de izquierdas sin más distinción que las de estos grupos enfrentados a una realidad con la que han perdido toda relación racional.

Esto además sucede en una periodo histórico de lenta y dificultosa recomposición del movimiento social y de las izquierdas, y en el que las guerras sectarias que atraviesan cuatro internacionales tendrá que dejar paso a una concepción abierta y pluralista, en la que las discrepancias se vean como algo no necesariamente negativo, y que por lo tanto se trata de saber respetarse y discutir por encima de las "patrias" partidarias sean las que sean.

CRF
ADAN CHAPARRO
CI:17501640
WEB:http://www.marxismo.org/?q=node/1447

Italia: el crepúsculo del comunismo parlamentario



Las elecciones del 13 y 14 de abril marcan un acontecimiento histórico en la política italiana: el fin de la presencia parlamentaria de los comunistas. Desde la segunda posguerra, el PCI había sido el principal partido de oposición y un pilar, en el bien y el mal, de la democracia italiana, llegando a tener un tercio de los votos.
A partir de su disolución en 1991, la hoz y el martillo seguían apareciendo en los símbolos de su sucesor, el Partido Democrático de Izquierda (PDI), y del Partido de la Refundación Comunista (PRC), dos partidos que encabezaban la oposición al primer y segundo gobierno de Silvio Berlusconi en 1994 y 2001 y participaron en la formación del primer y segundo gobierno de Romano Prodi en 1996 y 2006.

La involución centrista del PDI culminó en la desaparición de toda relación simbólica y política con la tradición comunista italiana y en la formación del Partido Democrático inspirado en el “progresismo” norteamericano y Walter Veltroni, candidato a primer ministro en 2008, pasó explícitamente de la referencia a Berlinguer a la de Kennedy.

El Partido de la Refundación Comunista, por su parte, mantuvo hasta 2006 la bandera comunista y la consiguiente postura política antisistémica y logró no sólo sobrevivir sino ampliar su presencia política gracias a tres recursos fundamentales. En primer lugar, participó y apoyó a los movimientos sociales antineoliberales –y en particular los altermundistas- lo cual le permitió rejuvener la militancia comunista, a diferencia de los principales partidos europeos, con excepción de la Liga Comunista Revolucionaria en Francia. En segundo lugar, contó con la popularidad de un liderazgo inteligente que combinaba la crítica radical con una gran capacidad comunicativa, el de Fausto Bertinotti. Por último, mantuvo su independencia al interior de un frente anti-berlusconi, es decir conservaba una diversidad y una especificidad político-ideológica sin marginarse de la lucha política nacional.

Sin embargo, a partir de 2006, Refundación Comunista aceptó ser parte de una alianza de gobierno y no sólo de una coalición electoral y se vio enfrascada en la experiencia del segundo gobierno Prodi. En menos de dos años perdió la credibilidad acumulada a lo largo de más de quince. A su izquierda, fue criticada por apoyar un ejercicio de gobierno que no cumplió sus promesas de reformas sociales y asumió eventualmente posturas francamente conservadoras, en particular en relación con los temas del pacifismo. Todo ello mientras Bertinotti asumía la presidencia de la Cámara de Diputados y dirigentes de Refundación ocupaban puestos en Secretarías de gobierno. A su derecha, fue cuestionada por no ser un factor inestable de la alianza de gobierno al tratar de presionar a Prodi y al PD para que asumieran políticas que no correspondían a su perfil moderado. Más allá de la frágil mayoría parlamentaria, las derechas y los medios de comunicación enfatizaron el “chantaje” de las izquierdas (junto al PRC, los verdes, la disidencia izquierdista del PD, ahora llamada Izquierda Democrática, y otra agrupación menor de denominación comunista, el Partido de los Comunistas Italianos). Izquierdas que no pudieron cambiar la orientación “natural” del gobierno y fueron acusadas de su caída y de abrir las puertas del regreso de Berlusconi y las derechas.

En coincidencia con el fin del gobierno de Prodi a inicios de 2008, el PD decidió romper la alianza con Refundación Comunista (y viceversa) y ésta convocó a sus aliados menores a formar una coalición electoral llamada Izquierda Arcoiris con la promesa de transformarla en un nuevo sujeto político, un partido a la izquierda del centro ocupado por el PD.

Los resultados electorales muestran, además de la esperada victoria de las derechas, la concentración de los votos hacia las opciones de gobierno encarnadas por Berlusconi y Veltroni y una distribución de las preferencias hacia los partidos menores que favorece a la derecha extrema de corte fascista (La destra) y una disidencia católica conservadora (UDC).

Se fragua así una debacle de la presencia electoral y, por lo tanto, parlamentaria de los comunistas en Italia, los cuales no alcanzan a tener senadores y diputados por no obtener el mínimo requerido del 8% y 4% respectivamente.

Los resultados dan un 3% que resulta el mínimo histórico bajo el cual ni siquiera en los peores tiempos de la lenta refundación se había caído. Un 3% obtenido por una formación ahora declaradamente postcomunista. Las tres agrupaciones trotskistas que se presentaron –hecho inédito en Italia- obtuvieron sumando sus votos alrededor de 1%, canalizando el descontento izquierdista hacia la política institucionalista de Refundación Comunista.

Por otra parte, el comunismo se diluye no sólo cuantitativamente sino cualitativamente. Al interior de la Izquierda Arcoiris, si bien la fuerza de Refundación y de los Comunistas Italianos es determinante, se decidió desaparecer la hoz y el martillo del símbolo y Bertinotti declaró que el comunismo iba a ser una “corriente cultural” al interior de una organización plural suscitando las respuestas polémicas de algunas corrientes de su partido.

El balance político muestra el fracaso de la estrategia combinada de partido de gobierno y de movimiento adoptada por los comunistas italianos. El gobiernismo se comió al movimientismo y el regreso a la oposición careció de credibilidad. La disolución del discurso y la simbología comunista marca un paso hacia una modernización que tiene sabor a moderación. Sin embargo, los resultados electorales probablemente no hubiesen sido mejores sin la creación de la Izquierda Arcoiris.
Más bien, lo que resulta de ellos es la conclusión de una estrategia política. No deja de sorprender cómo en un país con fuertes tradiciones izquierdistas, con sólidos recursos culturales, en el cual existen movimientos y movilizaciones, en donde el neoliberalismo hizo estragos que los gobiernos de centro-izquierda no pudieron y/o no supieron revertir no haya una reacción electoral hacia la izquierda. Los comunistas pagan el error de haber cobijado a un gobierno moderado y conservador y, con ello, entierran toda una estrategia político-institucional.

Con estas elecciones se cierra un ciclo del comunismo italiano. No obstante, vistos las desigualdades y los conflictos que atraviesan al país, los caminos de una izquierda radical de orientación comunista no desaparecen sino que, inevitablemente, tienen que forjarse al margen de las instituciones, rompiendo con la subalternidad, recuperando, en el terreno del antagonismo, la fuerza de la crítica y la potencialidad de la protesta, el conflicto social, la movilización y la politización de los sectores populares, incluyendo a los inmigrados, para volver a plantear un desafío antisistémico y ocupar el lugar socio-político fundamental que el comunismo italiano fue perdiendo en sus recorridos institucionalistas. Un 3% de votos, poco más de un millón, significa una presencia electoral testimonial y un nula representación parlamentaria, pero podría ser una base de cientos de miles de militantes y simpatizantes que vertebren a los movimientos en contra del neoliberalismo italiano, en su versión dura o blanda, empezando por la que promoverá el tercer gobierno de Silvio Berlusconi.

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ADAN CHAPARRO
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1917 como "prólogo" de la revolución internacional


Plejanov se murió creyendo que en 1917 no había posibilidad de ir más allá de 1789. Había dedicado parte de su vida a leer a Marx, y a la enseñanza del marxismo. Pero 1917 fue una revolución contra El Capital…
Cuesta creer que la “misma” revolución rusa que “saltaba” una etapa de la revolución (la democrática-popular siguiendo el modelo francés), acabara siendo el obstáculo para otras revoluciones que, cuando se llevaron a cabo como en China o Yugoslavia, fue en contra de las directrices soviéticas…Concebida como un “prólogo” de una revolución internacional que se encontró delante de una contrarrevolución preventiva, la Rusia soviética no podía resolver sus abismales atrasos sin apoyo exterior. Tanto más cuando después de la guerra mundial les impusieron una guerra civil que ganaron pero que también perdieron ya que había descompuesto sus limitadas bases sociales e industriales…Al ser la primera, y la más importante de todas las revoluciones del siglo XX, sus grandezas y sus miserias tienen que ser estudiadas con la mayor objetividad.

Sus éxitos y fracasos marcan el final del siglo XX, y señalan lo que hay que recuperar y lo que hay que desechar. De ese aprendizaje nos va mucho todo lo que nos queda por hacer en este siglo cuyo primer logro social ha sido demostrar que sí existen alternativas, y que contamos con un enorme potencial parta luchar por ellas. Comenzando por lo más elemental, por el echo de que se ha podido demostrar que el triunfo del capitalismo sin oposición ha resultado un desastre, y que si no creamos una oposición, lo puede ser todavía mucho más. Los de Italia o lo de las 65 horas demuestran que lo peor está todavía por llegar.

Recordemos que Octubre comenzó un 8 de marzo (8 de febrero en el calendario ruso), una movilización espontánea que iniciaron las mujeres a las que le siguieron los obreros. Situados ante las órdenes de reprimir, los soldados no obedecieron, así pues, cuando nadie lo esperaba, el topo de la revolución emergió en la llamada Rusia de los zares donde ya había mostrado todo su potencial en 1905, el “año del Potemkin”.

Durante sólo cinco días (del 23 al 27 de febrero de 1917 según el viejo calendario bizantino, del 8 al 12 de marzo en el calendario occidental), se desencadenó una movilización incontenible que habían iniciado las mujeres el día 8 de marzo siguiendo las consignas de la internacional de las mujeres trabajadoras liderada por Clara Zetkin, y que continuaron obreros y soldados en San Petersburgo, entonces capital del imperio ruso. Como por ensalmo, el movimiento popular destronaba al zar Nicolás IIº y a su corrupta corte, poniendo fin a tres siglos de monarquía zarista que permanecía como un poder absoluto que se había hecho totalmente insoportable, sobre todo en el contexto de una guerra mundial, el mayor desastre humanitario conocido hasta el momento por la humanidad, y que marcaría un antes y un después en la historia de la mandad, al tiempo que pasaba a ser la piedra de toque de esta revolución que se dejaba en manos del “Tercer Estado”.

Es la guerra (una verdadera sangría para el pueblo que sirve de carne de cañón, mirad hasta qué punto que la historiografía miente descaradamente. La llamada “Gran Guerra” destruyó todo los parámetros del humanismo, pisoteó todas las leyes de guerra, superó todas las crueldades, generó la extensión de los genocidios…En este cuadro, sorprende de que toma del Palacio de Invierno en nombre de la democracia directa resulte tan “blanda”, y que durante poco más de un año, la revolución rusa se una de las revoluciones menos violenta de todos los tiempos. En unas semanas el pueblo se deshace de todos sus dirigentes el monarca y sus hombres de leyes, la policía y los sacerdotes, los propietarios y los funcionarios, los oficiales y los amos. Después de años de silenció y opresión, no hay ciudadano que no se sienta libre. “Libertad” será pues la palabra. Libertad para decidir en cada momento su conducta y de dictar su propio porvenir por encima de los grandes poderes fácticos que querrán hacer valer aquello de “que todo cambie para que todo siga igual”. Es el momento en que cada grupo social elabora su propio proyecto para regenerar la sociedad y aquel inmenso país

Tal como habían anunciado desde los tiempos de los “decembristas”, y los diversos vates de la revolución desde Bakunin hasta Herzen y Plejanov, se iniciaba una nueva era desde el momento en que caía el muro de la autarquía...La revolución era la fiesta del pueblo, y fue entonces cuando desde lo más profundo de todas las Rusias, surgió un inmenso grito de esperanza. Era el grito de los humillados y ofendidos de los que habló el intenso y ambivalente Dostoyevsky, el que se veía venir en todo la gran literatura usa de entre siglos. Fue entonces, como si como el país se hubiera convertido en una página en blanco, que aparecían las “Lettres de dolence”. La voz del pueblo, de todos los desdichados, de los últimos que querían ser los primeros como describiría el poeta Alexander Block en su poema Los doce. Cartas que daban cuenta de los sufrimientos, las ilusiones, los sueños de la gente que hasta entonces había callado.

De esta manera se hacía realidad la premisa de una canción que se hizo la de la calle, de La Internacional: el mundo iba a cambiar de base. Se hay una manera de definir la revolución es cuando hasta los sectores más atrasados y oprimidos del pueblo, quieren tener su voz, y en esta, como describirán magistralmente John Reed y Nikolai Sujanov, todo el mundo habla y grita, hasta los trabajadores más atrasados discuten sobre sus derechos. En Moscú, los trabajadores obligaban a sus dueños a aprender las bases del futuro Derecho obrero, ocho horas, mejoras en las condiciones de trabajo; en Odessa, los estudiantes que habían estado junto al pueblo dictaban a sus profesores un nuevo programa de Historia de las civilizaciones en la que el pueblo era el protagonista; en Petersburgo, los actores se zafaban del director del teatro y elegían un espectáculo pensando en el pueblo que antes se quedaba en las puertas; en el Ejército, los soldados invitaban al capellán a que asistiera a sus reuniones para que cambiara el sentido de su vida, que dejara de bendecir el poder y los cañones...Hasta los pequeños reivindicaron para los menores de catorce años, el derecho a aprender boxeo. Aparecen personas desconocidas que ahora aprenden a hablar en nombre de muchos. Por todo lo cual, cabe imaginar el pánico de aquellos que pretendían fundamentar su autoridad en la competencia, el saber, el servicio público, o en el antiguo derecho divino. A todos ellos tratarán de consolar los nuevos gobernantes.

No han faltado tribunalistas reaccionarios que han insistido en los lamentos sobre el triste destino de la familia real, las únicas víctimas que al parecer tienen nombre y cara. “Nuestro” Alfonso XIII quedó tan afectado que ordenó una propuesta de negociación para liberarlos. En realidad, la crueldad del gesto firmado por Sverdlov con el consentimiento de Lenin y Trotsky no fue más que un expidió menor en una guerra sin cuartel con la que las “democracias” occidentales trataron de cortar el virus de la revolución social…Para ello, contaron con múltiples complicidades, incluyendo la de muchos demócratas cuando en realidad la alternativa democrática carecía de base social porque dicha base se había pasado a la revolución…

De ahí que las objeciones más cínica de todas sean las “democráticas”, la que desde los años ochenta ensayó esa izquierda arrepentida que tan bien ha representado Jorge Semprún (el mismo que ha acabado clamando a lo Blair, que no había que dejar solo a Bush “luchar por la democracia”), y que veinte años atrás avanzaba el criterio de la única revolución de verdad fue la de febrero. La misma que se veía “resucitar” en la Rusia de Yeltsin y Putin. Ahora vuelve a quedar claro que sin revolución de Octubre, febrero hubiera llevado más bien al fascismo ya que las clases dominantes (de dentro y de fuera de Rusia), sí temían realmente a algo, eso era el pueblo en marcha.

Por lo tanto, la historia que sigue es la de una renuncia. Mientras aparecen soviets por todas partes, se componen poderosas ramas sindicales, los partidos socialistas multiplican sus efectivos y sus medios, se constituye un gobierno provisional que tiene un mandato claro del pueblo. Cambiar el mundo de base significa poner fin a la guerra, a las matanzas, la tierra para los campesinos, libertad para las nacionalidades, mejoras sociales...Pero en el palacio de Invierno donde se reúne la Duma, se habla de democracia, pero con esto se quería decir que la revolución ya había llegado a su fin. Bastaba con el parlamento, con los demócratas, y todos ellos, desde la derecha “constitucionalista” hasta la izquierda eserista o menchevique, esperan que el pueblo se calme, y se limitan a negociar con las potencias dominantes (Reino Unido, Francia), algunas propuestas inocuas sobre la guerra, no reconoce las ocupaciones de tierra, a las nacionalidades, ni que los soldados discutan las órdenes de los mandos. La revolución democrática fue por abajo, por arriba la burguesía democrática no pasó de las palabras.

Desde la perspectiva que ofrece el tiempo, podemos ver que Rusia pasó algo que no había pasado en otras revoluciones, por ejemplo la mexicana de 1914, o en la española de 1934-1937, a saber, que esta vez hubo una fracción amplia con voluntad de continuar la revolución hasta sus objetivos primordiales. En esa fracción amplia confluyeron anarquistas, eseristas de izquierdas (Isaac Steinberg), mencheviques internacionalistas (Yuri Martov, Nikolai Sujanov), pero sobre todo, los interradios (Trotsky, Lunacharski, Rakovski) y como no, los bolcheviques, que eran los mejor organizados. Los que hicieron que e pueblo pensara para sí.

Sin embargo, recordemos que en vísperas del acontecimiento, Lenin comentaba que posiblemente su generación no tendría tiempo de vivir la revolución. Y en marzo, al igual que todos los demás partidos, Stalin lanzaba desde Pravda un llamamiento a la disciplina militar. En junio, el anciano conde anarquista Kropotkin, pedía ponderación. Desde tiempo atrás Máximo Gorki, el escritor más ligado a la revolución, se irritaba porque no se volvía al trabajo. Basta de palabras -decía-, basta de palabras. Entre tanto, el gobierno provisional hacía votos para que la revolución se cansara, pero no fue así, la acumulación de exigencias populares se exacerbaban, sobre con la guerra. Entonces Lenin, no tardó en ajustar su perspectiva. Desde su llegada a la estación de Finlandia, hizo caso omiso a todos, incluyendo los viejos bolcheviques. Todo era posible, era necesario acabar con la antigua sociedad y comenzar otra nueva. Lo expresaba en sus Tesis de abril, en la que proclamaba: Hay que suprimir el Ejército, la policía, los funcionarios. Los electos tienen que ser inmediatamente revocables en todas las funciones...Paz inmediata...Todo el poder a los soviets, libertad para las nacionalidades oprimidas. Su punto de apoyo no fue –al menos inicialmente-, el partido sino el pueblo organizado en los soviets, o grupos como los anarquistas o el que lideraba Trotsky que no tardó a aparecer nuevamente como el portavoz del soviet de Petrogrado.

No todo fue una línea recta, ni mucho menos. Durante los meses que van desde febrero a octubre, los revolucionarios perdieron la voz y apenas si durmieron. Pasaron las jornadas de julio cuando pudieron hacer con Lenin y lo demás lo que acabarían haciendo con Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht y Leo Jogiches, luego apareció Kornilov, la tentativa del “golpe democrático” apoyado por las embajadas. En resumen, una historia que hay que volver a repasar y a debatir sobre un hilo que unifica en su conjunto un ciclo revolucionario el que se inicia en Rusia en febrero de 1917 y que, en buena medida, concluye en Barcelona mayo del 37. La española fue la última de las grandes revoluciones “clásicas”, el cierre de un ciclo que tuvo su prólogo en la Comuna de París. La última en la que es el movimiento mismo el protagonista. El movimiento con todas sus corrientes históricas, hecho desde abajo.

Luego ya nada fue igual, en Yugoslavia y en China los partidos comunistas detentaban todo el poder, pero este ciclo se acaba en el mayo del 68 donde el partido comunista aparece –tal como le comentaría Malraux a Bergamin- como la última barricada. Cuba ya había marcado la diferencia, el partido se enteró cuando la revolución ya estaba hecha…Seguiremos.

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ADAN CHAPARRO
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Revolución y conquista


Lenin y Trotsky, dirigentes revolucionarios rusos, sostuvieron debates intensos sobre cómo proteger la revolución soviética. En el libro de Isaac Deutscher, El Profeta Armado, en el capítulo "Revolución y Conquista" se relata esta polémica, en el cual la postura de la mayoría de los miembros del Politburó, incluyendo a Lenin, estaba contra la de Trotsky. A continuación se presenta una síntesis de este interesante capítulo.
Después de que triunfara la Revolución Rusa en 1917, los bolcheviques tuvieron que enfrentar fuerzas que buscaban derrotarla. Al interior, estaban las fuerzas armadas de tendencias zaristas, las llamadas Guardias Blancas, comandadas por el General Denikin, que iniciaron una guerra civil; al exterior las potencias europeas capitalistas, Francia, Alemania e Inglaterra, temían la extensión del comunismo por Europa, por lo que amenazaban con invadir Rusia.


A defender la revolución


Los bolcheviques (en 1919) pensaron que sólo un intenso fermento revolucionario en el extranjero podría paralizar la intervención francesa e inglesa en la Unión Soviética. Se vieron obligados a llevar la lucha al campo del enemigo; y estaban tanto más obligados a hacerlo cuanto que habían pronosticado que las clases gobernantes de Europa no se resignarían jamás a aceptar la Revolución Rusa y ésta, por su propia conservación, tendría que atacar al régimen capitalista europeo, que de todos modos estaba a punto de derrumbarse bajo los golpes de las clases obreras europeas.

Estos pronósticos no eran infundados: desde noviembre de 1918, Alemania y la mayor parte de Europa central fueron presa de grandes convulsiones sociales. En Berlín, Viena y Varsovia los consejos de diputados obreros existían paralelamente a los gobiernos socialdemócratas. Los bolcheviques, que contemplaban las cosas a través del prisma de su propia experiencia reciente, vieron en esa situación una reproducción exacta de su proceso revolucionario. Concebían que esos consejos obreros le permitirían al proletariado alemán tomar el poder e instaurar un Estado obrero como el suyo.

Aislamiento del bolchevismo, la peor pesadilla

Pero los bolcheviques subestimaron la capacidad de resistencia del capitalismo, su adaptabilidad y el grado de lealtad que inspiraba en las clases trabajadoras. El fermento revolucionario en Europa era intenso, pero sólo una minoría de la clase obrera estaba dispuesta a seguir los pasos del bolchevismo. La mayoría se esforzaba por arrancar reformas a sus gobiernos y a sus clases poseedoras. Pero aun en los momentos en los que se manifestaban simpatías por la Revolución Rusa, no estaban en disposición de lanzarse por el camino de la revolución y la guerra civil en sus países, sacrificando en ese proceso los niveles de vida, la seguridad personal, las reformas que ya habían obtenido y las que esperaban obtener.

La tragedia histórica del bolchevismo en su período heroico fue su negativa no sólo de aceptar este hecho, si no aun a admitir su posibilidad. Esto reflejaba la incapacidad del bolchevismo de los primeros tiempos para reconocer su propio aislamiento en el mundo. Para Trotsky el aislamiento del bolchevismo era ya una pesadilla demasiado terrible de contemplar, pues significaba que el primero y hasta entonces único intento de construir el socialismo tendría que emprenderse en las peores condiciones posibles.

Esperanzas y desesperanzas

En 1918, la revolución ganó importantes puntos de apoyo en Europa central. Hungría y Baviera fueron proclamadas repúblicas soviéticas, un mes después de haberse constituido el Comitern de la Tercera Internacional, fundada por Lenin y Trotsky. Las esperanzas bolcheviques se elevaron: desde Munich y Budapest la revolución se extendería seguramente a Berlín y Viena.

Pero tres meses después el viento barrió las grandes perspectivas y esperanzas. La Baviera soviética sucumbió a las tropas alemanas, comandadas por general Hoffmann. El terror blanco se desató sobre las ruinas de la Hungría soviética. Los obreros de Berlín y Viena vieron con apatía la represión de las dos Comunas. Estos acontecimientos coincidieron con el peor período de la guerra civil: la intervención británica y francesa llegó a su punto culminante, y Denikin se apoderó de Ucrania y avanzó sobre Moscú.

No sólo la intervención antisóvietica ganó ímpetu sin encontrar momentáneamente oposición de parte de las clases obreras occidentales. No sólo había perdido la revolución sus puntos de apoyo en Europa central, sino que aun en Rusia se encontraba en gravísimo peligro de perder las provincias centrales y occidentales relativamente ricas y civilizadas, y tener que replegarse a las estepas orientales, pues sólo allí el desarrollo de la guerra favorecía al Ejército Rojo.

Contra la invasión polaca

Antes de que terminara 1919, los bolcheviques se volvieron esperanzados una vez más hacia Occidente, habían logrado recuperar Ucrania y las provincias del sur de la Rusia europea. Los ejércitos blancos aguardaban el golpe de gracia. La oposición del movimiento obrero de Europa entorpecía seriamente por fin la intervención británica y francesa. Sólo las relaciones con Polonia estaban en suspenso. Francia azuzaba a Polonia para que sirviera como punta de lanza de la cruzada antisoviética. Pilsudski, que ya gobernaba a Polonia aunque todavía no como dictador, adoptó una actitud ambigua. Acariciaba la ambición de conquistar Ucrania, donde la aristocracia terrateniente polaca había poseído vastos dominios, y de establecer una federación polaco-ucraniana bajo la égida de Polonia. Pero se abstuvo de entrar en acción mientras las fuerzas bolcheviques luchaban contra las Guardias Blancas, porque sabía que la victoria de Denikin, de las Guardias Blancas, significaría el fin de la independencia de Polonia. Sin enterar a los franceses, que estaban armando y equipando su ejército, negoció un cese informal con los bolcheviques. Por un momento pareció que el cese del fuego conduciría a un armisticio y a la paz.

Pero a principios de marzo los polacos atacaron e invadieron Ucrania. Las reformas de paz fueron suspendidas o anuladas, Rusia se puso una vez más en pie de guerra. Trotsky se manifestó a favor de una política de mano dura con Polonia. El 1° de mayo de 1920, Trotsky exhortó al Ejército Rojo a asestarle al invasor un golpe "que resonara en las calles de Varsovia y en el mundo entero".

La invasión polaca conmovió profundamente a Rusia, movilizó a todo el pueblo ruso a defenderse contra la amenaza polaca. La victoria de Pilsudski duró poco. Unas cuantas semanas de ocupación polaca fueron suficientes para hacer levantarse al campesino ucraniano contra los invasores. El 12 de junio los bolcheviques recapturaron a Kiev, y poco después las tropas de Pilsudski se retiraron presas del pánico hacia las fronteras de Polonia.

Hurgar a Europa con la bayoneta del Ejército Rojo

Durante junio y julio el Politburó y el Comisariado de Relaciones Exteriores soviético trataron de descifrar la tendencia de la política británica. Trotsky intervino repetidamente en el debate y se encontró en oposición a la opinión de la mayoría. Lenin sostenía que Inglaterra ayudaba y seguiría ayudando a los polacos.

Lenin exigió "una furiosa aceleración de la ofensiva contra Polonia". A esto también se opuso Trotsky. El Ejército Rojo ya había reconquistado todos los territorios ucranianos y bielorrusos. Trotsky se proponía detener al Ejército Rojo en esa línea y hacer una oferta de paz pública. Lenin y la mayoría del Politburó estaban empeñados en continuar la persecución de los polacos hasta Varsovia y más allá.

Trotsky sostenía que una oferta de paz pública y clara, que hiciera evidente que los soviets no abrigaban designios contra la independencia de Polonia ni ambicionaban ningún territorio verdaderamente polaco, impresionaría favorablemente al pueblo polaco. Trotsky argumentó que el avance del Ejército Rojo hacia Varsovia, sin una oferta de paz preliminar, destruiría el prestigio de la Revolución Rusa ante el pueblo polaco y le haría el juego a Pilsudski.

Trotsky no ignoraba la historia del pueblo polaco, el cual durante casi siglo y medio había visto subyugado la mayoría de su territorio por los zares. Hacía menos de dos años Polonia había recobrado la independencia, solemnemente garantizada por la Revolución Rusa. Un ejército rojo invadiendo el suelo polaco, aun cuando fuera por provocación de Pilsudski y aun cuando marchara con la Bandera Roja, les parecería a los polacos el sucesor directo de aquellos ejércitos zaristas que los habían mantenido a ellos, a sus padres y a sus abuelos en cautiverio. Los polacos defenderían entonces el suelo natal con uñas y dientes.

Lenin no compartía esos escrúpulos y aprensiones. Era Pilsudski quien había desempeñado, premeditada y conspicuamente, el papel de agresor, mientras Lenin había hecho todo lo posible por evitar la guerra. En su opinión, tenían el derecho y deber de cosechar los frutos de la victoria: ningún ejército victorioso y con un mando eficiente se detiene a mitad del camino en la persecución del enemigo derrotado casi totalmente; y ningún principio moral, político o estratégico le prohíbe a un ejército que invada el territorio del agresor mientras va persiguiéndolo.

Pero eso no era todo. Lenin creía que los obreros y campesinos de Polonia acogerían a los invasores como sus libertadores. Arrastrado por el optimismo y creyendo que el avance del Ejército Rojo sería una señal para el estallido de la revolución en Polonia, Lenin se ganó al Politburó, la dirección del partido comunista. Pero Lenin apuntaba más alto: Polonia era el puente entre Rusia y Alemania, y a través de él esperaba establecer contacto con Alemania. Se imaginaba que en ésta, también, existía un intenso fermento revolucionario. Lenin concibió la idea de que la aparición del Ejército Rojo en la frontera de Alemania podría estimular e intensificar el proceso revolucionario.

La retirada del Ejército Rojo

Mientras más avanzaba el Ejército Rojo, los obreros y campesinos polacos recibían a los invasores como conquistadores, no como libertadores. Pero ahora el Ejército Rojo era impulsado irremediablemente hacia delante por su propio ímpetu, extendiendo sus líneas de comunicaciones y agotándose. El Ejército Rojo seguía avanzando, y Moscú era todo optimismo.

Durante esta incursión del Ejército Rojo sobre suelo polaco, se realizaba al mismo tiempo, el Segundo Congreso de la Internacional Comunista. Los debates fueron dominados por la emocionante espera del desenlace militar en Polonia, que le daría un nuevo y poderoso impulso a la revolución europea. Al clausurar el congreso Trotsky apareció, los delegados lo saludaron con una ovación estruendosa. Los delegados lo escucharon con el ánimo en suspenso, y la magia de sus palabras e imágenes fue realzada por el hecho de que la batalla, que los delegados suponían inspirada por Trotsky, se acercaba a su clímax. Sin embargo, Trotsky se abstuvo de todo alarde, y en el manifiesto no hizo ninguna alusión a las victorias del Ejército Rojo.

Una semana más tarde comenzó la batalla del Vístula, que sólo duró tres días. Al concluir la batalla, el Ejército Rojo se encontraba en plena retirada. El 12 de octubre los Soviets firmaron una paz provisional con Polonia.

En Polonia, los partidos gobernantes estaban divididos. El Partido Campesino hacía presión a favor de la paz, mientras que el partido militar de Pilsudski se esforzaba por hacer fracasar las negociaciones con Rusia. También en Moscú había división de opiniones. La mayoría del Politburó favorecía la reanudación de las hostilidades. Trotsky relata que Lenin, en un principio, se inclinó a favor de la guerra, pero sólo a medias. En todo caso, Trotsky insistió en la paz y en la observancia leal del tratado provisional con Polonia; una vez más se encontró en peligro de verse derrotado en la votación y reducido al papel de ejecutor obediente de una política que aborrecía. Finalmente se rebeló contra esto. Declaro que las diferencias eran tan profundas que en esta ocasión no se sentiría obligado por ninguna decisión de la mayoría ni por la solidaridad con el Politburó, y que si lo derrotaban en la votación, apelaría al partido contra sus dirigentes. Al final, Lenin abandonó a la facción guerrerista y desplazó su influencia para respaldar a Trotsky. La paz se salvó.

Revolución o conquista

Uno de los cánones de la política marxista había sido el de que la revolución no puede llevarse en la punta de las bayonetas a países extranjeros. El canon se derivaba de la actitud fundamental del marxismo, que veía a las clases obreras de todas las naciones como los agentes soberanos del socialismo y no esperaban ciertamente que el socialismo les fuera impuesto a los pueblos desde el exterior. Los bolcheviques, y Trotsky, habían dicho a menudo que el Ejército Rojo podría intervenir en un país vecino, pero sólo como el aliado y auxiliar de una verdadera revolución popular, no como agente independiente y decisivo. En ese papel de auxiliar había deseado Lenin que el Ejército Rojo ayudara a la revolución soviética en Hungría, por ejemplo. También en ese papel habían intervenido esporádicamente el Ejército Rojo o las Guardias Rojas en Finlandia y en Letonia para prestar ayuda a verdaderas revoluciones soviéticas que gozaban de apoyo popular y que fueron derrotadas principalmente por la intervención extranjera, mayormente alemana.

En la guerra polaca los bolcheviques fueron un paso más allá. Aun entonces, Lenin se había convertido en partidario decidido de la revolución por la conquista. Veía a las clases trabajadoras de Polonia en un estado de rebelión potencial, y esperaba que el avance del Ejército Rojo obrara como agente catalítico. Pero eso no era lo mismo que ayudar a una revolución real. Cualesquiera que hayan sido las creencias de y los móviles de Lenin, la guerra polaca fue el primer ensayo importante de la revolución por la conquista que hizo el bolchevismo.

Lenin les había inculcado fervorosamente a sus discípulos y seguidores un respeto casi dogmático por el derecho a toda nación, pero más especialmente de Polonia, a la plena autodeterminación. Ahora el propio Lenin parecía repudiar sus propios esfuerzos y justificar la violación de la independencia de cualquier nación, con tal de que se cometiera a nombre de la revolución.

La idea de la revolución por la conquista fue inyectada en la mentalidad bolchevique, y allí continuó fermentando y enconándose. Algunos bolcheviques al reflexionar sobre la experiencia llegaron naturalmente a la conclusión de que lo deplorable no había sido el intento mismo de llevar la revolución al extranjero por la fuerza de las armas, sino su fracaso.

Trotsky luchó contra esta nueva actitud. Inmediatamente después de la guerra polaca, advirtió contra la tentación de llevar la revolución al extranjero por la fuerza de las armas. La solidaridad que la Revolución Rusa debía a las clases obreras de otros países, sostenía él, debía expresarse principalmente en los esfuerzos por ayudar a entender e interpretar sus propias experiencias sociales y políticas y sus propias tareas, no en los intentos de resolverles esas tareas.

Revolución por conquista

Era tal la fuerza de esta nueva proclividad bolchevique, que no pudo ser reprimida del todo. Pronto volvió a manifestarse en la invasión de Georgia por el Ejército Rojo en 1921. Stalin habían informado sobre el estallido de una insurrección bolchevique, con fuerte apoyo popular, en Georgia, diciendo que no cabía duda sobre el resultado de la lucha y que el Ejército Rojo sólo ayudaría a hacerla breve. El Politburó aceptó su consejo y apoyó la intervención.

El levantamiento en Georgia, sin embargo, no gozaba del apoyo popular que se le atribuía, y el Ejército Rojo tuvo que combatir enconadamente durante dos semanas antes de entrar a Tiflis, la capital de Georgia. Al igual que las pequeñas naciones fronterizas, los georgianos tenían viejos recuerdos de la opresión zarista. La reanexión forzosa suscitó un intenso resentimiento, que duró mucho tiempo y se reflejó en la oposición de los bolcheviques georgianos a la política centralizadora de Moscú.

Trotsky continúo repudiando y denunciando en general la idea de la revolución por la conquista. Pero no encontró justificación para discutir públicamente las diferencias específicas sobre Georgia y negarse a asumir la responsabilidad colectiva del Politburó. Ante el mundo, por lo tanto, cargó con una porción capital de la responsabilidad por la invasión de Georgia.

La relación de entre las intervenciones del Ejército Rojo a Polonia y a Georgia reflejaba el nacimiento de una nueva corriente en el bolchevismo. El ciclo revolucionario, que la Primera Guerra Mundial había desencadenado, se acercaba a su término. Al principio de ese ciclo el bolchevismo se había elevado sobre la ola de una revolución genuina; a su término empezó a propagar la revolución por la conquista. Un largo intervalo, el bolchevismo se propagó. Cuando el segundo ciclo se inició, partió de donde había terminado el primero, con la revolución por la conquista.

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ADAN CHAPARRO
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El socialismo ignora las brutales crisis del imperialismo


No es casual que los escribientes al servicio del capitalismo omitan los logros del socialismo en Rusia frente a la crisis capitalista de 1929
El 7 de noviembre se cumplen 91 años del triunfo de la Revolución de Octubre, acontecimiento que marcó al siglo XX con la fuerza revolucionaria de la clase obrera, y aún ilumina con sus enseñanzas el devenir del presente siglo.

Mucho se ha escrito para negar su legado y desfigurar sus profundas raíces transformadoras, que adquieren una actualidad implacable frente a la barbarie capitalista, que sólo prioriza la tasa de ganancia a costa de lo que sea.

Por ello el futuro socialista que anunció la Revolución de Octubre se agiganta ante el capitalismo que se reproduce constantemente como un sistema depredador de la condición humana.

Generando crisis que pagan los pueblos del mundo con miseria, explotación, enfermedades, guerras…etc.; donde los derechos humanos y la libertad solo existen para los ricos y en los discursos de sus políticos.

No es casual que los escribientes al servicio del capitalismo omitan los logros del socialismo en Rusia frente a la crisis capitalista de 1929.

En los dos años siguientes Estados Unidos y Alemania perdieron un tercio de su industria. El desempleo llegó al 27% en Estados Unidos, 22% en Gran Bretaña, 44% en Alemania.

El comercio mundial disminuyó un 40%. Hubo un solo país que se salvó de la catástrofe: la Unión Soviética. Entre 1929 y 1940 la producción industrial se triplicó.

Su participación en la producción mundial de productos manufacturados pasó del 5% en 1929 al 18% en 1938. No hubo un solo desempleado.

En 1925 la URSS ocupaba el lugar número 11 en la producción de energía eléctrica. En 1935 subió al tercer lugar.

En la extracción de carbón pasó del décimo lugar al cuarto. En la producción de acero, del sexto al tercero. Los economistas burgueses no salían de su asombro.

En general se toma como paradigma el ejemplo del New Deal de Roosevelt en EEUU, que en realidad fue el salvataje de los grandes bancos y monopolios, y se esconde que la Rusia socialista no experimentó las miserias y penurias del resto de los países, gracias a que había expropiado los medios de producción de capitalistas y terratenientes para ponerlos al servicio de toda la sociedad como propiedad colectiva.

Por eso en pocos años Rusia había superado su atraso, erradicando el hambre, la miseria y el analfabetismo, convirtiéndose en un verdadero anticipo de lo podría ser el socialismo no sólo en un solo país sino a escala mundial.

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ADAN CHAPARRO
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El pueblo elegido por dios


Israel ya es historia. Ya no reconocemos al estado de Israel. No hay vuelta atrás. El estado de Israel ha violado el reconocimiento mundial y no conseguirá la paz hasta que deponga las armas. El estado de Israel, en su forma actual es historia.

No hay vuelta atrás. Es hora de aprender una nueva lección: Ya no reconocemos el estado de Israel. No pudimos reconocer el régimen de apartheid de Sudáfrica, ni reconocimos tampoco el régimen afgano de los Talibán. También hubo muchos que no reconocieron el Irak de Saddam Hussein o las limpiezas étnicas de los serbios. Tenemos que hacernos a la idea: El estado de Israel en su forma actual es historia.
No creemos en la idea de un pueblo elegido por dios. Nos reímos de la arbitrariedad de este pueblo y lloramos sus fechorías. Actuar como el pueblo elegido por dios no solamente es estúpido y arrogante, pero también es un crimen contra la humanidad. Lo llamamos racismo.

Límites a la tolerancia

Hay límites a nuestra paciencia, y hay límites a nuestra tolerancia. No creemos en promesas divinas como justificación para la ocupación y el apartheid. Hemos dejado la edad media atrás. Nos reímos con intranquilidad de aquellos que aún creen que el dios de la flora, fauna y las galaxias ha escogido a un pueblo en particular como su favorito y les ha dado tablas de piedra ridículas, arbustos ardiendo y licencia para matar.
Llamamos a los asesinos de bebés "asesinos de bebés" y nunca aceptaremos que gente así tenga un mandato divino o histórico para excusar sus atrocidades. Simplemente decimos: Vergüenza sobre todo apartheid, vergüenza sobre las limpiezas étnicas y vergüenza sobre cada ataque terrorista que golpee a los civiles, lo ejecute Hamas, Hezbollah o el estado de Israel!

El arte de la guerra sin escrúpulos

Reconocemos y prestamos atención al la profunda responsabilidad de Europa en la situación apremiante de los judíos, en el vergonzoso acosamiento, en los pogromos y en el Holocausto. Era históricamente y moralmente necesario para los Judíos tener su propia patria. No obstante, el estado de Israel, con su arte de la guerra sin escrúpulos y sus repugnantes armas, ha masacrado su propia legitimidad. Ha quebrado sistemáticamente la legalidad internacional, convenciones internacionales e incontables resoluciones de la ONU y ya no puede esperar protección de las mismas. Ha bombardeado por saturación el reconocimiento mundial. ¡Pero no temaís!. La tribulación pronto terminará. El estado de Israel ha visto su Soweto.

Ahora estamos marcando un hito. No hay vuelta atrás. El estado de Israel ha violado el reconocimiento mundial y no tendrá paz hasta que deponga sus armas.

Sin defensas, sin piel

Que el espíritu y la palabra rompan los muros del apartheid israelí. El estado de Israel no existe. Ahora está sin defensas, sin piel. Que el mundo por tanto tenga piedad de la población civil; pues nuestras profecías de perdición no están dirigidas a los individuos civiles.
Deseamos a la gente de Israel el bien, nada más que el bienestar, pero nos debemos de reservar el derecho de no comer naranjas de Jaffa mientras que sean nauseabundas y venenosas. Se pudo sobrevivir algunos años sin comer las uvas azules del apartheid.
Celebran sus triunfos
No creemos que Israel lamente más los cuarenta niños libaneses asesinados que los cuarenta años pasados en el desierto hace tres mil años. Tomamos nota de que muchos israelíes celebran esos triunfos de la misma manera que una vez aclamó las plagas del señor como "castigo adecuado" para la gente de Egipto. (En esta historia, el Señor Dios de Israel aparece como un sádico insaciable.) Nos preguntamos si la mayoría de Israelíes piensa que la vida de un Israelí vale más que cuarenta vidas palestinas o libanesas.

Pues hemos visto imagines de pequeñas niñas israelíes escribiendo odiosos saludos en las bombas a punto de ser lanzadas sobre las poblaciones civiles de Líbano y Palestina. Las pequeñas niñas israelíes no son lindas cuando se pavonean con regocijo sobre la muerte y el tormento del otro lado del frente.

La retribución de la venganza de sangre

No reconocemos la retórica del estado de Israel. No reconocemos la espiral de retribución y violencia que proviene de "ojo por ojo y diente por diente". No reconocemos el principio de diez o mil ojos árabes por un ojo israelí. No reconocemos el castigo colectivo o la disminución de población como arma política. Han pasado dos mil años desde que un rabino israelí criticó la vieja doctrina de "ojo por ojo y diente por diente".
El dijo "haz a otros lo que te gustaría que te hicieran a ti". No reconocemos un estado cimentado en principios anti humanísticos y en las ruinas de una religión arcaica, nacionalista y belicosa. O, como Albert Schweitzer lo expresó: "Humanitarismo nunca consiste en sacrificar un ser humano por una causa".
Compasión y perdón
No reconocemos el antiguo reino de David como modelo para un mapa del Oriente Medio del siglo 21. El rabino judío revindicó hace dos mil años que el reino de Dios no es una restauración marcial del reino de David; el reino de Dios está entre nosotros y con nosotros. El reino de Dios es compasión y perdón.
Dos mil años han pasado desde que el rabino judío desarmó y a grandes trazas humanizó la vieja retórica de la guerra. Incluso en su época los primeros terroristas Sionistas estaban actuando.

Israel no escucha

Durante dos mil años hemos ensayado el programa de estudios del humanismo, pero Israel no escucha. No fue el Fariseo el que ayudó al hombre tirado al lado del camino que había caído presa de los bandidos. Fue un Samaritano; hoy diríamos un Palestino. Somos humanos antes que nada ? luego cristianos, musulmanes o judíos. O como dijo el rabino judío: "Y si solamente saludas a tus hermanos, ¿qué más haces que los demás?". No aceptamos el secuestro de soldados. Pero tampoco aceptamos la deportación de poblaciones enteras o el rapto de parlamentarios elegidos legalmente y de ministros del gobierno.

Reconocemos el estado de Israel de 1948, pero no el de 1967. Es el estado de Israel el que no reconoce o respeta el estado internacionalmente legal de Israel de 1948. Israel quiere más ? más agua y más pueblos. Para obtener esto están aquellos que quieren, con la asistencia de Dios, una solución final al problema palestino. 'Los palestinos tienen tantos países más', han argumentado ciertos políticos israelíes; nosotros solamente tenemos uno.

¿EEUU. o el mundo?

O como el mayor protector del estado de Israel lo expresa: "Que Dios continúe bendiciendo América". Una pequeña niña se dio cuenta de esto. Se volvió a su madre diciendo: "¿Por qué el presidente siempre termina sus discursos con 'Dios bendiga a América'? ¿Por qué no dice, 'Dios bendiga al mundo'?".
Luego hubo un poeta noruego que dejó este suspiro infantil salir de su corazón: "¿por qué la humanidad progresa tan lentamente?". Fue el que escribió tan bellamente sobre los judíos y las judías. Pero rechazó la noción de pueblo elegido por Dios. El personalmente prefería llamarse musulmán.

Calma y piedad

No reconocemos el estado de Israel. Ni hoy, ni en este escrito, no en la hora del dolor y la ira. Si la nación israelí entera cayese ante sus propias artimañas y partes de su población tuvieran que huir de sus áreas ocupadas hacia otra Diaspora, entonces diríamos: Que sus alrededores se mantengan en calma y les muestren piedad. Es un crimen eterno, sin circunstancias atenuantes, el poner la mano sobre refugiados y gente sin patria.
Paz y libre paso para la población civil evacuada ya no protegida por un estado. ¡No dispareís a los fugitivos!. ¡No les apunteís!. Ahora son vulnerables ? como caracoles sin caparazón, vulnerables como las lentas caravanas de refugiados Palestinos y Libaneses, indefensos como las mujeres, niños y ancianos de Qana, Gaza, Shabra y Shatilla. Dad cobijo a los refugiados israelíes, ¡dadles leche y miel!.
Que ningún niño israelí pague con su vida. Demasiados niños y civiles han sido asesinados ya.

*Jostein Gaarder, hizo esta publicación en Noruega, y tras muchas presiones dijo que nunca se publicarían en otra lengua. Ahora la tenemos en español. Este es el escritor judío y famoso por ser el autor "el mundo de Sofía". Traducción de J. Illi al español se basa en la traducción del noruego al inglés por el Nork Israel Senter.

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ADAN CHAPARRO
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El marxismo a examen




Hace poco, una noticia de prensa decía que las ventas del Manifiesto Comunista se han multiplicado un 900% desde el comienzo de la actual crisis del capitalismo. Desde hace meses leemos comentarios sobre la “venganza de Marx”, “vuelta de Marx”, “resurrección del marxismo”, etc., a raíz del desplome económico mundial hacia una crisis de acumulación que será, si se profundiza, cualitativamente superior a las anteriores crisis sistémicas. Dejando de lado el componente sensacionalista de algunas de esas afirmaciones, también el hecho de que otras provienen de quienes hasta hace poco daban fe del “fracaso del marxismo”, lo cierto es que para comprender qué está sucediendo en el mundo hay que recurrir al método marxista. No hay otra alternativa. Pero esto es sólo una parte del problema, y la menos importante porque la otra, la decisiva, es saber cómo impedir que la humanidad trabajadora pague los costos de la hecatombe, cómo lograr que el imperialismo no salga feliz, sonriente e impune, de la catástrofe que únicamente él está generando.


No basta con decir que “Marx tenía razón”, que pese a que no se han cumplido algunas de sus “profecías”, su tesis básica sobre la irracionalidad del capitalismo vuelve a demostrarse cierta. Estas y otras frases tópicas, repetidas mecánicamente, además de carecer de rigor no llegan a la raíz del problema que no es otro que, en estos momentos, el hecho de que el marxismo de nuevo se enfrenta a un examen especial. Por cuanto que es la praxis de la revolución comunista, el marxismo está sometido a examen en todo momento, de forma permanente, sin respiro ni tregua. No puede ser de otro modo, y es bueno e inevitable que sea así. Se trata del dictado de lo que Lenin definió como “el criterio de la práctica”, que consiste en que, al final, es la materialidad de los hechos históricos la que decide sobre la corrección teórica. Y aunque los hechos históricos son interpretados de formas opuestas dependiendo de las subjetividades e intereses socialmente antagónicos, no es menos cierto que, al final, lo material e inmaterial termina girando alrededor de algo tan inhumano como es la explotación de la fuerza de trabajo en cualquiera de sus formas por una minoría propietaria de las fuerzas productivas.

Esta visión científico-crítica de la historia, es decir, la objetividad de la explotación, opresión y dominación al margen de la capacidad de comprenderlo que tengan de los sujetos que las sufren, es la que otorga al marxismo su originalidad y superioridad cualitativa con respecto a la ideología burguesa. Sin embargo, constatarlo no deja de ser un consuelo vano si no se avanza un paso más, el de saber que al contrario de la ideología burguesa, de la sociología por ejemplo, la teoría marxista está sujeta a varios tipos de exámenes según la gravedad de los problemas que quiere transformar. Por ejemplo, nadie niega la existencia de crisis menores, parciales, de corta duración, meramente industriales, o financieras, o de consumo, aunque se les denomina de otra forma para no concederle a Marx ningún atisbo de razón. Por ejemplo, para escabullirse de la teoría del plusvalor y de la plusvalía, el burgués divaga sobre el “valor añadido”, y para huir de la ley tendencial de la caída de la tasa media de beneficio, habla de “caída de la rentabilidad”, “recesión” y hasta “depresión”; y para no citar la ley de concentración y centralización de capitales, farfulla sobre “deslocalización y fusiones empresariales”, y así en todo. Exámenes puntuales de este tipo los superó el marxismo desde su origen, y tenemos la demostración en las vergüenzas sonrojadas de los keynesianos sinceros.

La fuerza del marxismo radica en los exámenes prácticos decisivos, en impedir que la burguesía haga de la crisis una autodepuración, una expurgación del capitalismo que abra otra fase expansiva a costa de represiones y crímenes sin par y de enormes destrucciones de fuerzas productivas. La burguesía lo ha logrado otras veces destrozando sin piedad a las clases y pueblos trabajadores con el terrorismo contrarrevolucionario, fascista y militarista. Aun así, aprendiendo de estas derrotas, el marxismo ha demostrado en menos de dos siglos una muy superior capacidad resolutiva comparada con lo poco que ha demostrado la burguesía tras más de cuatro siglos. Lo que ahora está en juego no es tanto una confirmación teórico-abstracta del marxismo, sino la demostración de que las izquierdas podemos orientar el creciente malestar popular hacia el socialismo, avanzar en el debilitamiento estructural de la dictadura del salario y de la mercancía, en el aumento del contrapoder popular hasta llegar a situaciones de poder obrero capaces de detener el avance del caos y reorientar la historia hacia la emancipación humana. El capitalismo actual es un volcán, un polvorín con más fuerzas destructivas que nunca antes, con sus contradicciones estructurales tensionadas hasta grados inimaginables hace un siglo y medio, cuando se escribió ese Manifiesto Comunista que ahora se estudia con avidez casi desesperada. El examen consiste en impedir que este monstruo irracional siga lanzado hacia el caos generalizado. No será nunca el “examen final”, a no ser que estalle un holocausto nuclear, sí puede certificar el paso de la humanidad de una fase a otra de su historia.

Para las naciones oprimidas, esta visión aporta una base teórica y práctica imprescindible ya que recalca el papel del pueblo trabajador y de la independencia nacional organizada en Estado. Una característica del marxismo es la dialéctica entre conciencia revolucionaria e independencia política de las clases explotadas, es decir, la reafirmación del poder colectivo como único garante de la socialización de las fuerzas productivas. Toda la experiencia histórica acumulada hasta ahora, es decir, el “criterio de la práctica”, enseña que la opresión nacional es uno de los métodos más efectivos de enriquecimiento de la burguesía, en primer lugar de la invasora y ocupante, y luego de la autóctona y colaboracionista. Ninguna de las dos está dispuesta, por tanto, a reducir sus beneficios cediendo a las justas demandas populares, y ambas se aferran al Estado ocupante, muy especialmente en los contextos de crisis como el actual. Frente a esta realidad, los pueblos oprimidos no tienen, no tenemos, otra opción que avanzar en nuestra independencia nacional, en la creación de un Estado propio que nos sirva, entre otras cosas, para establecer alianzas internacionalistas con otros pueblos soberanos, para decidir nuestro futuro en base a criterios humanos y sociales, que no mercantiles y egoístas. La actual crisis está confirmando la tendencia a la autoorganización de los pueblos en sí mismos y entre ellos, y en contra del imperialismo pese a su extrema ferocidad criminal. ¿Aprobaremos el examen? De cualquier modo, intentaremos tomar el cielo por asalto, una y otra vez, hasta lograrlo.


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ADAN CHAPARRO
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